
La película basada en la novela es ni más ni menos otro europudding...un poco rancio.
Que no, hombre, que no. Que no se puede filmar una novela que se llama El Perfume y donde las mejores partes son descripciones de olores, hombre. Que no, que no se puede. ¿Cómo representas la putrefacción y la exquisitez de las narinas, cómo haces que se entienda que un ser rarísimo no tenga aroma propio?
Bueno, lo dices y ya. Y si lo dices y ya, deberías escribirlo, que es más cómodo que usar las cámaras y contratar a algún resabio de Hollywood (un tal Dustin Hoffman) para que todo parezca una superproducción internacional. Y sin embargo no, tu vas y te lanzas a hacer el film. Y te decimos que no, hombre, que no. Y no te importa absolutamente nada porque sabes (¿sabes?) que la orgía del final te da suficientes argumentos como para que el público olvide que está viendo una ilustración fascimilar y floja de un gran texto. Y te juegas la vida en esa orgía con todo lo que la tecnología (¡Que rima con orgía!) te ha dado para juguetear en estos asuntos.
Y los críticos, que aceptan lo fantástico sólo si tiene una "enseñanza moral" envuelta con patetismo prefabricado, te saludan. Pero te decimos que el film El Perfume es malo. Malo y, lo que es peor, inútil. Un clásico de las operaciones multinacionales de ciertos países con complejo de inferioridad que creen que "competir en el cine" significa "hacer lo mismo que Hollywood pero enrostrándole a esos bárbaros de ultramar lo cultos que somos". Pobre Patrick Süskind y pobre Jean-Baptiste Grenouille: este film huele a rancio y ni siquiera su aroma lo distingue del resto del descarte contemporáneo.
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