
El aniversario de la muestra y el aguijón de una abeja.
Ya sé, saben ya que Jerry Seinfeld salió volando disfrazado de abeja de uno de los hoteles de Cannes para promocionar la comedia Bee Movie, una animación digital. Bien, eso es Cannes: por un lado las películas de gente como Wong-kar Wai o el nuevo y festejado cine rumano y las tonterías promocionales de Hollywood, cada vez más caras y cada vez más obscenas.
En sesenta años, Cannes ha pasado de ser una especie de árbitro internacional del cine a una muestra donde el cine que verdaderamente se puede discutir queda encapsulado e inicia un largo trayecto, como de cómicos en gira, por otras tantas muestras internacionales. Y a veces logran estas películas estrenarse en alguna parte (las norteamericanas, seguro; las francesas, quizá; el resto, sólo Dios sabe) más allá de sus países de origen. No tiene Cannes nada que permita decir que ayuda al cine, aunque es cierto que los (buenos) críticos logran descubrir allí lo que puede ser la reserva estética del mañana.
De todas maneras, es un evento importante, más que los Oscar, claro. Y también el lugar donde podemos comprender el balance entre lo sublime y lo abyecto, lo enjundioso y lo frívolo, lo riesgoso y lo comercial que es, ni más ni menos, la esencia del octavo arte, que como todo el mundo sabe es hacer dinero con el séptimo.
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