
En Cannes, un film violento tiene los consabidos elogios.
Hace seis días, toda la prensa se hacía eco de la aparición de un gran film rumano en Cannes y lo veían como ganador porque estaba lejos de lo demás, etcétera. Y eso que aún no se habían presentado en competencia más que dos films (el mediano Zodiac y el mediano My Blueberry Nights). Pareció por un momento que las cosas cambiaban y que nadie se iba a dejar obnubilar por el glamour o Hollywood.
Se acabó: ahora todos hablan de No country for old men, el último film de los hermanos Coen (ganaron aquí con una de sus películas más infladas de autoimportancia, Barton Fink) que es, bueno, candidato. Porque hay muertes y humor negro y todo sucede en la frontera de Texas y México. Y porque la violencia no tiene sentido.
Como, digamos, carecen de sentido muchas de las películas de los Coen, realizadores que se ubican siempre por encima de sus personajes (el universo de los Coen está superpoblado de imbéciles). Uno podría ser muy malo y decir que lo mejor que han filmado viene del amigo y colaborador en guiones y cámara Sam Raimi, pero sería muy sibilino.
Bien, que con esta consagración de la prensa (Variety, básicamente) para los sempiternos Coen -a quienes los estadounidenses siempre defienden fuera del país porque son sus "artistas" y por "artistas" quieren pasar en Europa- las cosas se tornan, por lo menos, más previsibles. Quizá nos equivoquemos, pero aquí huele a un premio de dirección o de actor. Elijan: además está Javier Bardem.
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