
Un realizador con enormes problemas para mantenerse en tiempo.
Lo primero que llamó la atención de la obra de Quentin Tarantino, más allá de su violencia, fue cómo disponía el realizador de los tiempos narrativos. Que lo primero último, que los últimos serán los primeros, que tres tramas que apenas se entrecruzaban... Un método tan copiado después que el hombre que dio Pulp Fiction al mundo tiene mucho de qué responder ante un jurado crítico.
Pero lo que es interesante es que no logra terminar una película en el "tiempo medio reconocido" por el mercado. No, no queremos decir que tarde demasiado en filmar (eso depende de cuán fanático suyo sea uno) sino de que sus películas o son demasiado cortas o son demasiado largas.
Por ejemplo: Kill Bill tuvo que ser cortada a la mitad porque, de otra manera, habría superado las cuatro horas (que, considerada la historia, no deja de ser bastante exagerado). Y ahora el problema es Death Proof.
Como saben, Death Proof es la segunda "mitad" de Grindhouse, una película compuesta por dos largos de 70' cada uno, el primero llamado Planet Terror y dirigido por Robert Rodríguez. Era el homenaje a los cines "grindhouse", casa baratas de techos de lata dedicados a la clase Z, el sexo, el terror y la hiperviolencia. La idea era que ambos films se vieran juntos para remedar ese tipo de experiencias. Pero como fue un hiperfracaso en los Estados Unidos, el todopoderoso (y ávido) productor Harvey Weinstein -que ha destrozado películas de todo el mundo para "adaptarlas" al público estadounidense- decidió separa ambos films.
Ahora, en Cannes, Tarantino presentó en competencia "sólo" su parte y está contento por haberla ampliado a dos horas. La crítica la destazó y muchos dicen que en realidad la que valía la pena era la de Rodríguez. Pero ahí tienen: el niño rebelde rendido al productor obeso. Tarantino: se acabó tu mentira.
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