
Gus van Sant es el señor de las obras maestras.
Si Elefante era un film genial (y al mismo tiempo inteligente, que genialidad e inteligencia no son sinónimos) el espectador podía esperar que Last Days lo fuera menos. Y no: Gus Van Sant lo hizo de nuevo y logró una segunda película perfecta.
Independizado de Hollywood y de la narrativa tradicional, libre para experimentar y para dilatar y contraer el tiempo a voluntad, Van Sant se inspira en los últimos días en la vida de Kurt Cobain para mostrar la disolución de una persona en el océano del universo americano. Una casa sola, algunos amigos, un deambular constante e hipnótico, la violencia mental y física estallando en un ejemplar plano secuencia musical (una escena que despierta tanta fascinación como escalofríos), la vida estadounidense irrumpiendo indiferente a lo que sucede a un personaje extraviado -dos jóvenes misioneros, un vendedor de anuncios-, el erotismo estéril, la abulia. El dinero, sobrevolando sobre todo como una amenaza a la vida. El arte, como salida trunca, finalmente, la muerte.
"Morir es un arte/yo lo hago extremadamente bien", escribió Sylvia Plath, y Last Days parece la ilustración precisa de esos versos que son también una declaración de principios y un programa estético. La escena final (no la contemos) es la liberación no sólo del personaje sino, fundamentalmente, del creador cinematográfico del corset del cine codificado de Hollywood. Un verdadero ascenso al cielo.
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